
Hay palabras que son difíciles de decir debido a su magnitud, valor o estigma que las acompaña, pese a lo bonitas que son y lo bien que nos pueden hacer sentir. Estas palabras tan esenciales que nos enseñan desde pequeños quedan en el olvido, cambiándolas, pero nunca sustituyéndolas, por tiempo, distancia o justificaciones las cuales nos hacen perder relaciones importantes.
Os hablo de la palabra perdón. Pero no el perdón que pronunciamos como coletilla para pedir la atención del camarero, ni el que decimos medio en broma cuando nos chocamos con alguien. Os hablo del perdón capaz de solucionar discusiones importantes, del perdón que suele ir acompañado de arrepentimiento y el cual tiene afán conciliador. El que no recrimina, el que no espera a que el otro se pronuncie, el que se debe decir para mejorar una situación y que la relación prospere.
Todos hemos tenido un mal día en el que cualquier cosa nos ha sentado mal, aunque venga de una persona querida. Todos hemos tenido alguna respuesta que ha hecho daño u ofendido al otro. Nadie es perfecto, pero no nos quedamos ahí, todos tenemos la capacidad de pedir perdón y con ello, perdonarnos también a nosotros mismos para que esa situación no nos enfade y entristezca para siempre.
Normalmente este perdón se da en conversaciones con seres queridos, por lo que podemos pensar que no hay intención de avasallar o humillar al prójimo. Por ello, ¿Con quién mejor que con esas personas que queremos a nuestro lado para abrirnos y expresarnos?
Sin embargo, el estigma que rodea a la palabra perdón es la idea de que el que se disculpa es débil, cambiante o está equivocado. ¿Acaso un débil es valiente para pedir perdón? ¿Acaso no es de sabios cambiar de idea y pedir perdón cuando uno se da cuenta de que algo no funciona? ¿Acaso no todos erramos con la intención de encontrar la mejor opción?
El perdón es símbolo de valentía, humildad y saber quererse a uno mismo para con los demás.
Sabiendo que las relaciones son complicadas pero necesarias, exigen de un trabajo para que se mantengan en el tiempo de una manera sana. Esta constancia conlleva compromiso, comunicación y confianza para poder mostrar tanto nuestras fortalezas como debilidades, siendo sin duda alguna, el perdón una fortaleza olvidada.
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